Jueves, 30 de junio de 2005
Crónica sobre las vivencias de mujeres que se prostituyen en un famoso cabaret en pleno centro de Santiago de Chile.
Por José Luis Castillejos Ambrocio, jlcastillejos@yahoo.com
Santiago de Chile.- Soterrado en uno de los costados del Paseo Ahumada, en el centro de Santiago, el “Pigalle”, un boité y cabaret, de mortecinas luces rojas y amarillas, esconde un drama humano de esta Europa de Latinoamérica: la prostitución de chiquillas peruanas, chilenas, colombianas.
Quince escalones arriba, en la noctámbula ciudad, no se percibe lo que abajo ocurre y como el tiempo, la nostalgia, la pobreza y la inmundicia humana corroen el alma de mujeres-niñas que fueron azotadas por la desventura.
Notimex ingresó hasta ese lugar para constatar cómo sobreviven, día a día, desde la una de la tarde a las 11 de la noche, mujeres con cuerpos de niñas que, víctimas de la crisis económica, son prostituídas por una poderosa mafia, regenteada por “El Padrino”, un enigmático personaje chileno de quienes todos hablan, pero nadie conoce.
Y en ese local subterráneo del Paseo Ahumada, en el corazón del país más democrático del continente se oculta la forma más cruel y degradante a la que pueda ser sometida una mujer: vender su cuerpo para subsistir y agenciarse recursos.
“Duele el corazón/no sabes cuánto duele. Estoy sola otra vez, sola en esta habitación/ resuena en el lugar una canción romántica pirateada desde Lima. Esas penas, resumidas en la melodía y de esos sinsabores de la vida nada sabe el tristemente célebre José Aravena
(a) “El padrino” cuya riqueza, según cuentan sus empleadas a Notimex, se hizo a costa del sudor, el baile, los desvelos y los tragos de otros.
Antes de llegar a Pigalle hay un “café con piernas”, donde chicas de diminutos s y senos bamboleándose al aire sirven tazas humeantes. En ese atiborrado lugar no venden tragos, sólo ilusiones y cantidades industriales de cafeína.
De ahí, muchos salen al Pigalle donde mujeres hermosas, pero en condiciones de pobreza, utilizan sus cuerpos para salir a flote.
“Patty”, con doble “t”, una peruana vino a probar suerte a Santiago. Dejó su tierra natal, Lambayeque, en el norte de Perú, pero el tiempo y las circunstancia le han pasado la factura y ahora, más miserable que antes, quiere regresar.
Mientras conversa con el enviado pierde la mirada en un punto indeterminado de la pista, mientras danzan y danzan las luces, mordisqueando la oscuridad. “Ya nada es igual desde que me vine a buscar dinero; no he logrado cumplir mi meta, mejorar mi vida”, dice con voz nostálgica.
En su mano derecha sostiene una copa y en la izquierda un cigarrillo. Ambos los consume de a pocos, como queriendo prolongar su agonía. “Y es que duele el corazón, duele pero ya no estás, duele el corazón cuando te hablo y tú no estás”, resuena insistentemente la melodía.
Pareciera ser la canción de moda que en cada una de las mujeres cala hondo, muerde el corazón y fustiga el alma. Pero después, más serena que un cielo de verano, Patty cuenta que gana apenas unos 6.66 dólares diarios de salario en el Pigalle, algo así como 73 pesos mexicanos.
Cobra por un show otros dos dólares, pero la casa gana al cobrar seis dólares por cada trago que ella sirve. La crisis es sólo para los empleados, no para el boyante negocio que cobra 3.50 dólares de ingreso, con derecho a un trago.
“Estamos arruinadas... Ninguna de mis compañeras logra sacar una buena cantidad de dinero y a mi la crisis me tiene ahogada. Debo dos meses de renta y mi hijo ya no tiene comida, dice Patty a este enviado mientras pide 20 centavos de dólar para comprar un cigarrillo.
Extiende la mano al recibir un billete como sin en olla quisiera también aferrarse, imaginariamente, a un mejor futuro en este país a donde llegó cargada de promesas, y sueños de prosperidad.
Originaria de la región peruana de Lambayeque, una de los poderosos atractivos turísticos de Perú en cuyas cercanías se desarrollaron las culturas preincas, Mochica y Chimú, Patty está ahora lejos de esas tierras, triste y decepcionada.
No dispone de dinero, ni de documentos. Es una ilegal en toda la expresión de la palabra y no tiene forma de regresar y menos de salir de la prostitución, un foso en la que cada vez se hunde más.
A dos años de haber llegado hasta aquí y a miles de kilómetros de distancia de su tierra, Lambayeque, un lugar bello, bañado por la brisa marina, Patty confiesa que lo que más extraña es la comida, el ritmo musical de su pueblo donde se baila la marinera, similar a la jota aragonesa.
Un panorama parecido vive Kely, una chilena de 22 años, media china, piel canela, labios y cuerpo delgado quien a pesar de bailar todas las noches, desde hace tres años, no logra acumular dinero para pagar la operación de su madre.
Desde la una de la tarde a las 11 de la noche, las jovencitas del Pigalle, permanecen encerradas en el sitio, respiran humo de cigarrillos y se consumen lenta...muy lentamente.
La débil y mortecina luz del Pigalle, que apenas alumbra la pequeña pista de baile, en cuyo centro hay un tubos cromado donde las chicas rozan sus cuerpos, se apaga por completo a las 23:00 horas. Ni un minuto mas, pues las leyes chilenas sancionan a los negocios que funcionen más tiempo en esa parte de Santiago.
Un policía complaciente, cadena en mano, espera cerrar, por hoy, el boite y cabaret, mañana, dice, Dios dirá.
Afuera el viento sopla fuerte, golpea el rostro de los trasnochadores pero no los ahuyenta. A esas horas cientos de peruanos aún tienen “tomada” la Plaza de Armas frente a la catedral donde un payazo cuenta chistes, sin que lo entiendan los fuereños.
Los negocios de destartaladas mesas redondas, en el llamado “centro peruano”, debido a que ciudadanos de esa nacionalidad llegan hasta ahí, son atiborrados por una mancha humana que va a contar sus aventuras, desventuras y tomar cerveza.
Unos peruanos están dentro del restaurant “Marco Polo” y otros detrás del cristal viendo un partido de fútbol, un deporte de multitudes que une, aunque sea por momentos, a los peruanos y chilenos en torno a un objetivo común: un balón.
Y así como Marco Polo, el viajero veneciano que atravesó Asia por Mongolia y permaneció en China al servicio de Kan Kubilai, los peruanos, salvando la distancia y la época, han cruzado miles de kilómetros para venir hasta Santiago a trabajar, a buscar mejor suerte, pero esta, a veces, les es esquiva.
Otros como Patty, la chica del Pigalle, aspiran regresar a su añorado Perú, la tierra de los grandes señores del antiguo Imperio Inka y de Lambakeque que regaron las tierras con sus tumbas, negándose así a formar parte del olvido.
Y aquí es cuando el mito vuelve a su origen y el verbo amar se pierde, se esfuma como volutas de humo...
Nada después de esto es igual en el Pigalle, ni la tristeza misma.
(Santiago de Chiles. Crónicas citadinas)
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